Hablar de feminismo en el sigo XXI es, en realidad, hablar de distintos tipos de feminismos, con diversos enfoques, que, en algunas ocasiones, discrepan incluso entre sí. Y es que el feminismo, como cualquier movimiento social y político, ha evolucionado a lo largo del tiempo y ha incorporado distintas posturas que dependen de coyunturas o ubicaciones geográficas específicas. La clase magistral de “Feminismo popular, política y democracia” de Elizabeth Alcorta, actual Ministra de Mujeres y Diversidad de la Argentina, nos permite analizar el concepto del feminismo popular como una respuesta a un sistema neoliberal que promueve sociedades capitalistas. Sociedades que promueven el individualismo, el materialismo y el bienestar de pocos a costo del desarrollo de muchos otros. En Latinoamérica conocemos de cerca este sistema al ser una de las regiones más desiguales del mundo.

Así pues, el feminismo popular, señalado por Alcorta, nos permite situarnos en nuestra propia historia Latinoamericana y con nuestros propios matices. Por más poético que pueda sonar, resulta sumamente importante que dispongamos de un feminismo que nos permita pensarnos y re pensarnos en nuestra propias luchas, retos y resistencias. El feminismo popular es un movimiento emancipador porque tiene como premisa que no todas las mujeres son iguales, no todas las opresiones de género son iguales ni en los mismos niveles.

Con un lenguaje inclusivo a lo largo de la clase, Alcorta nos presenta al feminismo popular como un movimiento, que, por un lado, denuncia y evidencia las desigualdades estructurales de nuestras sociedades (producto de un sistema político y económico basado en la opresión), y por el otro, lo presenta como un movimiento emancipador que brinda autonomía política.

Y es que ejercer un feminismo popular conlleva a un fuerte cuestionamiento político, pero sobre todo estructural. Nos reta a transitar sobre las desigualdades que vivimos en un sistema patriarcal, capitalista y colonial. Quizá lo más polémico es caer en cuenta que el sistema solo podrá cambiar – y mejorar- con una reestructura social, política y económica que involucre las necesidades e intereses de las poblaciones más vulnerables.

El feminismo popular es una de las corrientes del feminismo que se caracteriza por visibilizar las opresiones sistémicas, más que ningún otro “tipo”de feminismo. Visibiliza a poblaciones vulnerables y en riesgo. Nos cuestiona a las/los/les que nos consideramos feministas sobre nuestros propios privilegios. Se centra en las injusticias y las distintas brechas con relación al género que muchas veces otros feminismos minimizan o peor aún, niegan rotundamente. Alcorta presentó específicamente tres dimensiones de opresión: la distribución de la riqueza, el tiempo y el deseo.

Cuando hablamos de la desigualdad en riqueza con relación al género, es más sencillo aterrizarlo con cifras, muchas de las cuales ya conocemos: Por ejemplo, la brecha salarial entre hombres y mujeres representa un 24% y se calcula que eliminarla nos tomaría unos 170 años. En Latinoamérica, el 54.3% de las mujeres trabaja en sectores que presentan alguna precariedad o varias, ya sea en salario, condición de informalidad, acceso a protección social, entre otros.

Con respecto a la injusta distribución del tiempo, Alcorta hace hincapié de cómo el feminismo popular propone una organización y distribución más justa de las tareas de cuidado. Tareas que culturalmente están asociadas a ser responsabilidad de las mujeres. La Organización Internacional del Trabajo resalta el contraste entre las 4.4 horas dedicadas a las tareas de cuidado en comparación a las 1.4 horas de los hombres. Algo que mencionamos en una clase en GPIA sobre economía feminista, fue cómo estas tareas de cuidado no remunerado en realidad tienen una incidencia pública. Las horas dedicadas al trabajo no remunerado es dinero que dejamos de recibir las mujeres, perdemos oportunidad de riqueza. Lo que trato de decir es que la pobreza suele tener un rostro en América Latina.

¿Cuál es la incidencia pública en todo esto? Esta situación responde a las características precarias y de informalidad del trabajo femenino, de que seamos contratadas por menor cantidad de horas, que renunciemos a nuestro trabajo por nuestras responsabilidades de cuidado o que aceptemos peores salarios en búsqueda de flexibilidad de tiempos.

La injusticia en la distribución del tiempo también tiene incidencia política. Efectivamente, nos encontramos menos representadas en la esfera pública. Todos estos esfuerzos requieren de tiempos y de recursos que suelen escasos para las mujeres. Sin embargo, es necesario resaltar que ahora somos testigos de cambios en la región con mayor representación política femenina, pero por supuesto no es suficiente. Como dijo la nueva presidenta del Consejo de Ministros del Perú, Violeta Bermúdez: “El día que no sea noticia que una mujer ocupe un cargo habremos logrado la igualdad”.

Seguidamente, Alcorta presenta nuestra relación con el deseo. Cómo nuestros cuerpos han sido asociados a su función reproductiva, objetivizándolos y sometiéndolos a los intereses del patriarcado. Tal vez sea una de las dimensiones más normalizadas de nuestra opresión y al mismo tiempo, muy dolorosa.

Vale anotar, que lo compartido hasta el momento habla muy poco acerca de otras dimensiones de diversidad, pero trata de enfatizar y resumir -dentro de lo posible- lo que es feminismo popular y lo que las luchas colectivas de este movimiento sostienen.

Como último punto, Eli Alcorta reflexiona sobre ¿Qué impactos tienen estos discursos en la democracia de nuestra América Latina? Ella sostiene que un aspecto que impacta en la fragilidad de la democracia Latinoamericana, sin lugar a dudas, es la ausencia de participación de la mujer en los espacios públicos. Es la sub representación de nuestros intereses, necesidades y las respectivas consecuencias, lo que acentúan las desigualdades y conflictos en nuestra región.

Como respuesta, en América Latina del siglo XXI, gozamos de un despertar de movimientos feministas populares enfocados, sobre todo, en derecho a una educación con enfoque de género y acceso al aborto seguro y gratuito. Como señala Alcorta, con casi la misma intensidad, resurgen movimientos ultra conservadores que bajo la supuesta “protección” de la familia (que en realidad es a un solo tipo de familia), desatan discursos a veces disfrazados de ser dóciles políticamente y otras veces, sumamente frontales y violentos.

Cabe resaltar que cualquier movimiento emancipador necesita de Estados presentes y listos para tomar decisiones en pro del bienestar de sus ciudadanos. Se necesita la fuerza del movimiento, y al mismo tiempo y en igual intensidad, la decisión política para el cambio normativo y trascendente. Esto se vuelve crucial tomando en cuenta la coyuntura de las últimas semanas en América Latina más allá de la pandemia por la COVID-19: incendios en la Argentina, inundaciones en México y Nicaragua, protestas en Chile, Perú y Guatemala en contra de Gobiernos que abusan de sus poderes. O luchas que llevan años, como la dictadura en Venezuela o Cuba. No es coincidencia que, dentro de una intensa lucha social y política, nos encontremos frente a una crisis de feminicidios en varios países de la región como Perú y Ecuador.

Eli Alcorta nos entusiasma por evidenciar que los movimientos sociales como el feminismo popular, aprovechan las crisis como espacios de oportunidad. Es así, como nace la relevancia de este movimiento, por brindar soluciones creativas, colectivas y articuladoras para responder al sistema capitalista en el que hoy vivimos. Como mencionaron en la clase, se trata de cambiar mentes, corazones y leyes. La pregunta es ¿Cuál de estos tres es más sencillo de cambiar en Latinoamérica?

Ximena Lucía González Fernández
GPIA MSc International Affairs Candidate

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