Si algo nos plantea la víspera de un aniversario, es la posibilidad de elegir. Nos permite elegir si lo tomamos en cuenta y lo conmemoramos, o lo dejamos pasar por el almanaque sin mayores complicaciones. Pero, sabemos que un aniversario es una ventana de oportunidad. Si decidimos utilizarla, se nos abre un amplio arco de posibilidades para la conmemoración, algunas conocidas y otras por inventar, que al desplegarse requieren cada vez más elecciones. Y toda acción de elegir necesita de criterios y valores que la guíen, acordados o al menos discutidos entre quienes participan de algún modo en la partida, tanto si ésta tiene lugar dentro de la familia, como en el barrio o en el ámbito de la nación entera.

Atados al carro del calendario, los aniversarios ofrecen la posibilidad de prepararlos con anticipación, pensarlos, discutirlos y planificarlos. No ocurren de repente, por sorpresa, como una crisis o un terremoto, sino que suceden en un momento determinado y por el simple paso del tiempo. Pero, lo que no sucede por el simple paso del tiempo es la forma, el contenido, la fuerza y la trascendencia social que puedan adquirir, la memoria que su paso pueda dejar, si los que tienen algo que ver o decir así lo deciden. En breve, las formas y funciones de una conmemoración se construyen. Y se construyen colectivamente.

Sin duda, entre los aniversarios, los centenarios tienen en la actualidad un lugar especial en el calendario, esa convención gregoriana casi universalmente aceptada que pauta intervalos regulares y permite establecer hitos recurrentes con la periodicidad que se convenga. Aunque algunos mortales llegan a cumplir su centena de años, aunque se conmemoren centenarios de nacimientos o muertes de figuras representativas en el arte o la literatura o la política, los centenarios parecen hechos a medida de la celebración de eventos que hacen a la formación de las modernas naciones occidentales y la construcción de su identidad. Así lo sostienen algunos historiadores cuando afirman que los centenarios son una invención de finales del siglo XIX.

Juntarse para pensar y construir colectivamente el sentido del bicentenario

Con la idea de colaborar y adelantar en la discusión y construcción colectiva del sentido y las opciones de la conmemoración del bicentenario, comenzamos a preparar este libro de múltiples voces. Convocamos entonces a un grupo de historiadores, arquitectos, filósofos, científicos, educadores, funcionarios, trabajadores sociales, políticos, y jóvenes en plena formación, que se preocupan por el destino y el bienestar de las mayorías, y están dispuestos a investigar el sentido social, cultural y trascendente de las conmemoraciones nacionales. Organizamos el libro en cuatro partes que agrupan las miradas hacia el pasado, el presente y hacia el porvenir argentino, más una mirada desde el exterior. Y les pedimos a cada uno de los autores su opinión sobre los temas que acordamos, en relación con problemas, desafíos y opciones, memorias y expectativas que genera o puede llegar a generar, la oportunidad del bicentenario.

Si bien los autores de este libro son mayormente argentinos, algunos no lo son y provienen de América Latina, Europa y Estados Unidos. La mayoría de los argentinos viven y trabajan en el país, pero algunos lo hacen en el exterior. Convocamos esta diversidad de autores porque entendemos que estos tiempos globalizados, nos guste o no nos guste, permiten o sugieren o casi obligan a cruzar las miradas internas con miradas del exterior. Pero, del exterior, elegimos aquellas que aportan texturas de diferencia y no de homogeneización. Con los países latinoamericanos tenemos una larga historia en común: muchos están como nosotros en la víspera del bicentenario de la emergencia de los movimientos revolucionarios que clausuraron el período colonial, con la excepción de Haití que lo cumplió en 2004. Ecuador y Bolivia cumplirán su bicentenario en 2009, seguimos nosotros, los argentinos, junto con Chile y México en 2010, y luego Venezuela y Paraguay en 2011. Colombia ha decido conmemorar su bicentenario en 2019, en 2021 cumplirán el bicentenario Perú y Guatemala, y Uruguay posiblemente celebre su bicentenario al cumplirse los cien años de las celebraciones de 1930. Incorporamos también voces de autores argentinos en el exterior, porque en el mundo actual las identidades nacionales son más complejas, se despliegan tanto dentro como fuera del territorio, y el ejercicio de ser argentino depende de la pasión y el compromiso, no sólo de una geografía circunstancial.

Lejos de pretender abarcar la totalidad de los problemas y enfoques, este libro colectivo intenta colaborar en difundir la idea de que el bicentenario ofrece una oportunidad para la movilización de múltiples y diversas voces en los años que preceden al 2010. Iniciar estas conversaciones en 2005 nos permitirá transformar la conmemoración en una serie extensa y múltiple de actividades socialmente trascendentes que habrán de perdurar en la memoria del porvenir.

El primer centenario

Tal como lo hicieron otros países del mundo occidental y varias de las nuevas naciones latinoamericanas a fines de siglo XIX y principios del XX, la Argentina decidió celebrar su primer centenario en 1910. Lo hizo con toda la pompa que su clase dirigente e intelectual fue capaz de imaginar y de llevar a cabo. Celebraron los avances, las riquezas y potencialidades de la república; en muchas ciudades del país se organizaron eventos y se construyeron obras públicas en 1910. Pero, la ciudad capital fue el escenario principal de los festejos y la euforia, encaminándose a sus horas de esplendor metropolitano en franca competencia con las grandes ciudades del mundo. Las celebraciones comenzaron en mayo de 1910 y, precedidas por el paso del cometa Halley, incluyeron en Buenos Aires seis grandes exposiciones internacionales y nacionales, numerosas conferencias científicas, recepciones, desfiles, manifestaciones patrióticas, festivales comunitarios y competencias atléticas. Las frías noches de mayo se iluminaron con hileras de lamparitas eléctricas que encendieron los elegantes filos de cornisas y ornamentos de los edificios en el centro y los perfiles de barcos en el puerto. Pero, ni bien se prendieron esas maravillosas guirnaldas de luz en la noche del 25 de mayo, se apagaron de golpe. El apagón era, posiblemente, una de las tantas protestas y atentados del momento. Porque, a pesar de los esfuerzos del gobierno, la implantación del estado de sitio y la represión policial, la protesta social en el centenario no pudo ser borrada y estuvo presente, en su ausencia y en sus luchas.

En el marco de las celebraciones oficiales, realizadas con grandes honores y mucho público, se recibieron en Buenos Aires a notables visitantes extranjeros. Llegaron, entre otros, la Infanta Isabel de Borbón de España y el presidente de Chile, Pedro Montt. Se crearon plazas y plazoletas, se colocaron grandes y pequeños monumentos, algunos obsequiados por colectividades extranjeras y otros encargados por el gobierno nacional. Estaban destinados a embellecer la ciudad y al mismo tiempo a instruir al público acerca de la historia patria. Fueron ubicados en el centro y en el norte de la capital, en el camino que conducía a las grandes exposiciones internacionales. Estas marcas del centenario constituyen hoy en Buenos Aires una parte ineludible del paisaje urbano, como la Torre de los Ingleses en Retiro, las plazas dedicadas a Francia, Uruguay, Chile y Alemania sobre la avenida del Libertador, y el Monumento a los Españoles en el cruce con la avenida Sarmiento. Quedaron también numerosas postales, una colección de grandes álbumes ilustrados que describían y exaltaban la riqueza y los logros tan rápidamente alcanzados por la Argentina, pinturas históricas que ilustraron la construcción del panteón de los héroes patrios, estampillas, medallas y recuerdos de todo tipo. También quedó el recuerdo de la euforia y las expectativas de un grandioso porvenir, que perduró hasta hace muy poco, a pesar de las dificultades y conflictos de una centuria de historia.

Segundo centenario

La memoria del primer centenario nos lleva casi naturalmente a pensar el segundo. Porque cualquiera sea la opinión que se tenga sobre la forma que tomaron esas celebraciones de 1910, no se puede ignorar que instauraron el primer hito de una secuencia de conmemoraciones centenarias nacionales. Y nos toca ahora a nosotros, a las generaciones argentinas actuales –a los mayores y a los jóvenes, a los que viven dentro o fuera del país– pensar con qué objetivos y cómo llevar a cabo este segundo hito conmemorativo, y dejar abierto el tercer ciclo centenario de la nación.

Como todo aniversario, el segundo centenario nos ofrece la posibilidad de comparar. Bien sabemos que las circunstancias actuales, tanto nacionales como internacionales, son muy distintas a las de cien años atrás, algunas mejores y otras –muchas– dramáticamente peores. Pero también sabemos que los cien años vividos desde 1910 son un capital de experiencia y desarrollo de capacidades cuyo balance y futuro nos pertenece, en tanto hemos invertido como personas, familias y sociedad, todo lo que tenemos: el tiempo y los esfuerzos de nuestras propias vidas, la de nuestros padres, abuelos e hijos.

También nos ofrece, este segundo centenario, la oportunidad de transformarlo en un rito de pasaje colectivo. Como todo rito de pasaje, incluye un quiebre o desprendimiento, una reflexión sobre sí mismo, y una incorporación al nuevo estatus. Por eso, nos inclinamos a ejercitar, insistentemente, una triple mirada en el tiempo: hacia el pasado, incorporando evaluaciones de logros y desilusiones de los últimos cien años; hacia el presente, reconociendo los problemas y desafíos, elaborando diagnósticos y propuestas, y hacia el futuro, diseñando un horizonte para el tercer siglo argentino que enmarque y dé sentido a nuestras decisiones en presente.

Elegir los senderos del segundo centenario

La víspera del segundo centenario nos coloca ante una amplia gama de elecciones y posibilidades. Porque toda conmemoración requiere decisiones sobre su objeto, modalidades, actividades, actores, tiempos y mensajes. No se puede saltear preguntas tales como: ¿qué se conmemora?, ¿por qué o para qué: con qué objetivos se conmemora, en base a qué valores?, ¿cómo se conmemora?, ¿a través de qué tipo de actividades, obras, eventos o proyectos?, ¿cuándo se conmemora: un sólo día o un solo mes o un año? Y, fundamentalmente, ¿quiénes conmemoran, quiénes son los actores que tienen habilitada la voz para pensar, ejecutar, circular y consumir la conmemoración? En suma, ¿quiénes y cómo se benefician con la conmemoración?

Sabemos que no hay una verdad preestablecida, o un deber ser, de qué y cómo conmemorar, ni quiénes son los que están habilitados para conmemorar. Pero esto no es una incertidumbre, sino todo lo contrario: tenemos la certeza que estas decisiones no deberían ser tomadas por una sola institución, o un solo grupo, o un sector social exclusivamente, sino por la diversidad y multiplicidad de grupos, asociaciones comunales, instituciones y organismos que compone la sociedad, poniendo especial cuidado en habilitar la voz y la imaginación de los que menos posibilidades tienen, para proponer, inventar, apropiarse, ejecutar, enriquecerse y también recordar en el futuro estas conmemoraciones del bicentenario.

Partimos de pocos, pero precisos valores básicos que nos llevan a pensar el bicentenario como una excelente oportunidad para construir colectivamente un proyecto de nación bajo el signo de la justicia social y la equidad. Porque este proyecto de justicia y equidad es necesario para enfrentar la tendencia que incrementa la brecha entre los que tienen y lo que no tienen, tanto a nivel nacional como regional y global. Con base en estos valores, entendemos que las diversas y múltiples actividades públicas y privadas de las conmemoraciones del bicentenario deberían ser –desde su concepción y ejecución hasta la memoria que dejen para el porvenir– actos de inclusión, de movilización y de justicia social.

En 1910, el Estado fue el principal organismo planificador de las celebraciones, agente constructor de las grandes obras y exposiciones internacionales, monumentos y programas educativos. La fiesta tuvo una sola dimensión: la oficial. Muchos no fueron ni contados. Hoy, la sociedad es más compleja y el Estado tiene distintos alcances. Por cierto, en la preparación del segundo centenario la participación del Estado es una condición necesaria, pero no es suficiente.
br La sociedad en su conjunto y en sus variadas formas es la que debiera, si así lo desea, ejercer el derecho a conmemorar y celebrar: desplegando iniciativas diversas y múltiples, siguiendo rituales o inventando nuevas formas, de modo organizado o disperso; con actividades pensadas y ejecutadas por grupos grandes o pequeños, familias, desocupados, niños y jóvenes – incluyendo a aquellos atrapados en los márgenes de la pobreza y a los que flotan en el ciberespacio–; a través de escuelas, cooperadoras, asociaciones barriales, clubes, centros culturales, sindicatos y otras organizaciones civiles, empresas y organismos del Estado, tanto en las ciudades grandes y pequeñas como en los pueblos de las provincias. Un rol invalorable del Estado sería el de facilitar los espacios para que se desarrollen e integren esas múltiples iniciativas. Porque sólo esta multiplicidad y diversidad de iniciativas y participantes puede abrir el camino que permita construir una conmemoración con trascendencia social y nacional.

Entendemos el bicentenario como un camino a recorrer, un proceso más que el resultado de una actividad que comienza y termina el 25 de mayo de 2010. Se constituye por una serie de actividades realizadas durante los años que preceden al 2010 y tienen la posibilidad de dejar una marca en la memoria de los años subsiguientes. Y el sentido trascendente y perdurable del bicentenario consistiría en haber ofrecido una oportunidad para la construcción y el ejercicio de un modelo de país socialmente equitativo, legitimada por la participación de los diversos sectores y actores de la sociedad argentina.

Construir bicentenarios: Argentina

Ejerciendo insistentemente una mirada integradora sobre las tres dimensiones temporales de toda conmemoración, hacia el pasado, el presente y el futuro, organizamos este libro en cuatro partes: la primera, “Horizontes del bicentenario”, despliega una selección de miradas hacia el pasado; la segunda, “Conmemorar desde otros horizontes”, nos acerca a otras maneras de pensar, sentir y celebrar centenarios en otras culturas y naciones; la tercera, “Construir el bicentenario”, se concentra sobre los objetivos, las maneras y los aspectos específicos a considerar en la preparación de las conmemoraciones del bicentenario, y, finalmente, “El porvenir del bicentenario” explora ideas y proyectos de futuro que dan sentido y orientación a las decisiones que se deben tomar en el presente. De esta manera, las cuatro partes de este libro colectivo contienen, en total, 31 capítulos que fueron preparados por 23 autores argentinos, dos latinoamericanos, tres europeos, un hindú y tres norteamericanos. A ellos se les suma la participación de un buen número de colaboradores radicados tanto en la Argentina como en Nueva York.

Horizontes del bicentenario

En esta primera parte, ocho autores exploran críticamente una selección de temas, enfoques y acontecimientos históricos. Los capítulos tratan, en su mayoría, sobre los cien años que separan el primero del segundo centenario. Pero, en su conjunto, no pretenden dar cuenta de la totalidad y complejidad de la centuria. Los temas elegidos han sido disparados por desafíos y preocupaciones actuales y están claramente orientados hacia el futuro. En breve, en estos capítulos los autores revisan, desde los problemas actuales, diferentes aspectos de la memoria del pasado, y la proyectan sobre el horizonte del bicentenario.

Cristina Fernández de Kirchner inaugura el libro con una propuesta que preludia lo que se expresa de diversas maneras en buena parte de los capítulos siguientes: tomar la oportunidad histórica del bicentenario de la Revolución de Mayo como un momento estratégico de convocatoria “para asumir las grandes metas que exigen las etapas fundacionales”. Destacando las contradicciones y conflictos de todo proceso histórico, la autora analiza los objetivos e intereses que se enfrentaron en torno a 1810, y la suplantación del ideario nacionalista revolucionario por un pensamiento liberal y plutocrático. Revisa el centenario que evidenció el nivel de bienestar alcanzado por los sectores ligados al modelo agro exportador, la exclusión de las clases populares y sus luchas, y la expansión económica con muy escasa industrialización. Analiza las décadas de la dictadura militar, la separación de la economía de la política, y el retorno a las instituciones en 1983, que sin embargo careció de un proyecto nacional. Señala los desafíos actuales de la Argentina en un marco continental signado por la desigualdad y la fragilidad institucional y en un contexto mundial de globalización. Concluye invocando una sociedad para el siglo XXI que sea capaz “de lograr y mantener consensos básicos y políticas concretas que construyan ciudadanía y consoliden a la Argentina como un país en serio”.

La Argentina en toda su amplitud territorial, demográfica y productiva –el desarrollo y las potencialidades del “país interior” durante el primer centenario– es revisada por Olga Paterlini, junto a una investigación sobre las formas que tomaron las celebraciones en las ciudades provinciales. Este último es un tema poco menos que desconocido por el encandilamiento que ejerce Buenos Aires con sus grandes celebraciones, sobre historias e historiadores nacionales y locales. La autora nació, se educó y trabaja en la ciudad de Tucumán, sede de la declaración de la Independencia en 1816. Luego de reflexionar sobre los festejos centenarios en las ciudades provinciales que frecuentemente siguieron el modelo de la capital, concluye su trabajo con una reivindicación que no se debe soslayar en esta víspera del bicentenario: “para los tucumanos, y tal vez para el interior del país, éste [el de 1916] fue el verdadero centenario”.

El siguiente capítulo se ocupa de las miradas hacia el futuro que se esbozaron hace cien años. En este capítulo de mi autoría, se analiza una selección de las imágenes y formas que tomaron las anticipaciones del futuro en Buenos Aires en torno al primer centenario, la época de mayor confianza en el advenimiento de un grandioso porvenir en la Argentina. Con base en una revisión de 4.000 números de las revistas de difusión masiva metropolitana publicadas entre 1900 y 1920, analizo las modalidades de la imaginación tecnológica del futuro urbano. Presento asimismo un comentario sobre las expectativas para el futuro esbozadas desde los ámbitos intelectuales, dirigentes y políticos. Estas aspiraciones para el futuro, tan diversas y contradictorias como la sociedad misma que las produjo, informaron y quizás ayudaron a tomar numerosas decisiones privadas y públicas. La fuerza de estas expectativas y esperanzas enfatizan el valor y la necesidad de reinstalar el derecho a aspirar para todos nuestros conciudadanos, como uno de los derechos emergentes de la Argentina en su tercer siglo.

Fernando Devoto analiza las miradas hacia el pasado: revisa los relatos históricos construidos desde mediados del siglo XIX por Bartolomé Mitre, hasta el primer revisionismo en torno a 1930. Estudia las circunstancias en las que Mitre construyó el relato de la formación de la nación con el cual posteriormente se identificaron numerosas generaciones de argentinos, así como el uso de las narraciones históricas y la invención de una tradición con el objeto de garantizar los derechos del Estado-nación y formar ciudadanos entre la heterogénea población inmigrante. El autor señala que la historiografía revisada, tanto la que se manifestaba en contra como a favor de Mitre, estaba signada por ese imaginario histórico unificador, y respondía a las creencias y expectativas propias de los primeros años del siglo XX. Una pregunta parece estar implicada en este capítulo: ¿será posible o deseable construir hoy una narrativa histórica unificadora?

Enfocada asimismo sobre el primer centenario, Dora Barrancos analiza las nuevas formas de sentir y pensar a través de enunciados que ponen en evidencia la modernidad, y alientan transformaciones de las esferas pública y privada. Revisa los discursos netamente modernos como los que reivindican el derecho femenino a la igualdad civil y política, y la problemática acerca de la cuestión social. Reflexiona sobre el socialismo, con su fe inconmovible en la ciencia, la razón y la evolución, y sus empeños reformistas en la educación, la higiene, la protección obrera, el cuidado de la niñez, la vivienda obrera, la defensa del consumo popular, la reforma civil, etc. La autora clasifica al anarquismo como “hípermoderno”, y concluye destacando la generalizada preocupación por “la educación, la panacea, la gran redentora, la partera de la modernidad”.

Los tres capítulos que completan la primera parte recorren momentos seleccionados de la última centuria analizando cambios en la sociedad, la economía, la cultura y la política, y se ocupan de señalar los desafíos pendientes. Juan Corradi identifica tres etapas: “la sociedad de muecas y promesas” del primer centenario; el medio siglo de “la sociedad de garantías” (1930 y 1980); y la actual “sociedad de riesgos”. Califica los gestos de la modernidad del centenario, como “mímicas imaginarias” que espejaban el hito urbano moderno por excelencia: París. Encuadra la revisión del medio siglo estatal, nacional y popular en el contexto económico y político de la modernidad latinoamericana, con su final marcado por el flagelo del terrorismo de Estado y la aplicación de las políticas neoliberales. Por último, analiza el contexto global de la actual sociedad de riesgos y evalúa las alternativas posibles para la región latinoamericana. Concluye observando el país en el espejo del segundo centenario, y hace siete propuestas para salir de la incertidumbre geopolítica y encarar el tercer siglo argentino.
br Margarita Pierini reflexiona sobre los lectores y sus lecturas a lo largo del siglo XX, en tanto cajas de resonancia de las manifestaciones políticas, históricas, económicas y culturales de una sociedad. Plantea tres preguntas: ¿quiénes leen?, ¿qué leen?, ¿dónde leen? Y analiza tres momentos: el centenario, en el que sobresalen la expansión de la producción editorial y el espíritu educativo y cívico, “una escuela que se abre es una cárcel que se cierra”; la década de 1950, en la que desarma la falacia del “alpargatas sí libros no”; y la actualidad, donde desmonta la afirmación “hoy nadie lee”. Destaca que el mapa de la lectura actual repite la polarización existente en el consumo de bienes materiales y simbólicos; señala que la lectura es un camino de libertad, y propone que “este camino hacia la formación del lector es, al mismo tiempo, el camino hacia la formación de los ciudadanos del siglo XXI”.

Cerrando la parte primera del libro, María Seoane despliega un comprensivo panorama de la política argentina a lo largo del segundo siglo, articulando la interpretación histórica sobre los conceptos de la acción y la excepción políticas, esta última definida como la violación de los mecanismos republicanos y democráticos. Denuncia su imposición como norma durante el siglo XX, dejando a la acción política como circunstancial excepción. Identifica a los reiterados golpes militares del siglo XX como los asaltos al estado que expresaron desde el poder el camino de la excepción política. Analiza los problemas de la restauración de la democracia en 1983 amenazada por la crisis de representación política de los partidos políticos, originando una nueva forma de excepción política “no ya por la violencia sino por la anomia”. Y concluye proponiendo “sacar a la democracia de su taciturnidad, definir hacia el futuro la inclusión de millones; es decir, retomar el camino de la acción, dejando atrás definitivamente el de la excepción trágica”.

Conmemorar desde otros horizontes

Los autores de los seis capítulos que componen esta segunda parte provienen de distintas geografías y culturas. Reflexionan sobre las asociaciones, sentidos y modos del acto de conmemorar. Nos abren otros horizontes de ideas, experiencias y expectativas. Sus miradas se cruzan con las locales. Nos ofrecen otras texturas de conmemoración; son relatos de diferencias, no de homogeneización. Esbozadas desde España, India, Estados Unidos, Brasil, México y África, esta diversidad de manifestaciones está, sin embargo, atravesada por la recurrencia de la memoria, la identidad, la esperanza y los proyectos de futuro.

Josep Ramoneda inicia esta segunda parte con una meditación desde Barcelona en torno al conmemorar. Su función: “arropar el presente”, ese momento precario, evanescente, que se escabulle entre el pasado y el futuro. Arroparlo, abrigarlo: haciendo presente el pasado a través de una memoria transformadora, que construye identidades narrativas fluidas, múltiples y supraterritoriales. Abrigarlo: con la convergencia de la política recuperada como factor de sentido, que conecta con el proyecto y mira al futuro. El valor de conmemorar, uno sólo: contra el mal, el abuso de poder, y la violencia. Si conmemorar es un momento fundacional, para asentar el futuro de España Ramoneda propone el tabú de la guerra civil. Tabú en el cual España se reencuentra con Latinoamérica –tras haber sido arrasadas sus naciones por terribles dictaduras, sufrido amnesias colectivas y estar en una lenta recuperación de la memoria–, en una identidad como proyecto, contra la violencia y el abuso de poder.

La afinidad entre memoria y deseo, y una mirada nueva sobre los archivos y su relación con las aspiraciones para el futuro es discutida por el antropólogo hindú Arjun Appadurai, tomando el caso de los emigrantes globalizados. En la era del archivo electrónico –construido de modo colectivo e interactivo, un verdadero archivo popular– y en las nuevas condiciones de sociabilidad que ofrece la red internet, el autor propone entender al archivo de la diáspora como el resultado de una intervención deliberada, como un instrumento colectivo para el refinamiento del deseo. Y el deseo está ligado al trabajo de la imaginación, clave para el desarrollo de la capacidad de aspirar, especialmente crítica para los emigrantes más pobres. Para los emigrantes “el archivo es un mapa, es una guía en las incertidumbres de la construcción de identidad bajo condiciones adversas”. Appadurai define una de las dimensiones de la pobreza como la distribución desigual de la capacidad de aspirar, y sostiene que el derecho a ejercer esa capacidad es un recurso precioso para aquellos que menos tienen y más la necesitan.

David Harvey, geógrafo de origen inglés, se acerca al futuro –al futuro de la ciudad–, recorriendo la memoria del pasado que lo contiene. Observa, experimenta y lee sobre ciudades. Habla de la memoria colectiva, distinta e la narración histórica, fragmentada y evasiva, adherida a sus lugares, fermentada en el movimiento, pero políticamente poderosa. Porque, cita: “la esperanza es una memoria que desea”, y “sin recordar nada uno no puede esperanzarse con nada”. Y las imágenes que los procesos de la ciudad destilan son excedentes de la imaginación que regresan para urgir o paralizar la acción. Invoca a la ciudad como lugar de creatividad y de conflictos, de permanencias –donde el pasado es aun presente–, y pregunta: ¿de quién es la memoria?, ¿qué es la memoria urbana colectiva?, ¿cómo construir “una visión para guiarnos en nuestras luchas”? Para que la ciudad sea re-imaginada y re-hecha, alerta: “en ausencia de esa memoria esquiva, que está por fuera de la historia tal como la escribimos y conocemos habitualmente, no puede haber alternativa a la triste, cotidiana, empresa de lo usual”.

Desde el Islam y la experiencia de las ciudades africanas, Abdou Maliq Simone interpreta la conmemoración como una espera, como una memoria de la duración, como una capacidad para convertirse en muchas cosas. En el Islam, es la espera misma lo que se conmemora, es la paciente tarea de hacer tiempo lo que atrae la atención e incita a la resistencia táctica. Porque, a diferencia de la reverencia convencionalmente asociada a ella, la conmemoración para el Islam es una capacidad herética. Ilustra esta capacidad de esperar con la experiencia de generaciones de sahelianos en Djibouti en su demorado camino a la Meca, y con las búsquedas de los jóvenes musulmanes en los barrios periféricos de Marsella. Porque “el Islam es algo que nunca ha nacido del todo, ya que espera pacientemente el siguiente viaje, la siguiente aspiración a ser pasada de mano en mano, siempre aplazando su propia realización para poder ser accesible al ejercicio de una incipiente totalidad de aplicaciones potenciales, que es el Tawhid”.

Y en los países latinoamericanos, ¿qué es y cómo conmemorar la independencia nacional en la era de la globalización? Jorge Wilheim encara desde Brasil estas preguntas y discute cuestiones de independencia y soberanía de los estados nacionales. Analiza el neoliberalismo y la nueva economía de mercado, el nuevo contrato social que fragilizó al proletariado, y las transformaciones en las tecnologías de comunicación que signaron el nuevo nivel de conectividad global. Identifica los efectos paradójicos de la telemática (computadoras más satélites) y alerta sobre la necesidad de transformar “los datos en información y éstos en conocimiento”. Estudia los impactos de la globalización sobre las identidades nacionales, la vertiginosa urbanización y su impacto sobre las grandes ciudades que hoy forman “archipiélagos urbanos”. Propone reemplazar las estructuras jerárquicas por estructuras en red, reconsiderar al socialismo como un proyecto de construcción y auspiciar este siglo como un período de un “nuevo Renacimiento”. Así, “conmemoraríamos la Revolución de la Independencia, construyendo una soberanía en una sociedad más justa, solidaria y verdaderamente joven”.

Cerrando estas miradas desde otros horizontes, Enrique Florescano revisa la experiencia mexicana del primer centenario, una de las conmemoraciones nacionales paradigmáticas latinoamericanas llevada a cabo, tal como en la Argentina, en 1910. El autor analiza la iconografía con la cual se representó y difundió los múltiples actos y obras conmemorativas organizadas en gran escala por el Estado porfiriano con epicentro en la capital. Destaca que la recuperación del pasado y sus imágenes fueron instrumentos poderosos para la creación de la identidad histórica y cultural de la nación independiente, y resume: la celebración del primer centenario mexicano se transformó en una exaltación de las obras realizadas por el gobierno de Porfirio Díaz y de su imagen. El autor destaca la repercusión que este programa oficial tuvo sobre sectores medios y populares. Las imágenes patrias impresas en banderas, banderas, platos pintados, tarjetas postales, artefactos y juegos infantiles, brindan una idea del alcance popular que tuvo esta celebración, muy poco antes que estallara la revolución.

Construir el bicentenario

La tercera parte toma el toro por las astas: ¿qué podríamos o deberíamos o querríamos hacer para construir estas conmemoraciones, para que adquieran trascendencia social, nacional e individual, y sean un ejercicio de inclusión social y de justicia? Los autores de los 12 capítulos que componen esta parte, juntan teoría y práctica, valores y objetivos éticos y políticos, ideas y propuestas de acción. Temas como justicia social, equidad, e inclusión atraviesan la mayor parte de los capítulos. Sumados a los anteriores, estos capítulos ofrecen un registro de temas, enfoques críticos y actividades que, a juicio de los autores, deberían estar presentes en la agenda del bicentenario.

Los primeros tres capítulos encaran aspectos generales de la construcción del bicentenario desde la filosofía, la morfología y la política con propuestas concretas.

En sus apuntes para una ontología de la periferia, José Pablo Feinmann retoma el reto, no sólo de interpretar el mundo, sino de transformarlo. Cuestionando la relación entre la esperanza y la política, alerta a dos puntas: contra el exceso de esperanza (como certeza que debilita y enceguece la praxis política), y por un primer horizonte de esperanza donde las cosas brutales sean menos brutales. Invoca la imperiosa necesidad de recuperar el país de las arenas del libre mercado, recolocando a la política en el ruedo nacional y latinoamericano, e incluyendo a todas las victimas “polarizadas”. Propone invertir el primer centenario y oponer a esos festejos estrepitosos y elitistas organizados por una clase improductiva, un segundo centenario sobrio, organizado por muchos, con trabajo, con justicia, convertido en una “una bandera, un punto de convergencia, una obstinación nacional”. Es la utopía del segundo centenario. Sin garantías. Pero, en las manos, el mapa: un ambicioso manifiesto.

Desde la morfología, Roberto Doberti entiende al bicentenario como una forma, y como tal es una construcción abierta y diversificada que exige ser el resultado de una elaboración donde se entrecruzan tiempo y espacio, materia y significado, resonancias personales y celebración multitudinaria. Como forma, el bicentenario es contenedor de diversidades y es crítico, es un desafío para revisar el sentido del pasado y ejercer la voluntad emancipadora que requiere el futuro “para no ser fatalidad, sino consciente proyecto”. Doberti dibuja y diseña tres potentes metáforas figurativas del bicentenario: la primera habla del bicentenario como una instancia de condensación y amplitud; la segunda rescata la condición binaria, dual del bicentenario; y la tercera alude a las lógicas de transformación e interpretación del bicentenario como resultado mutable de múltiples procesos y de polisémica aprehensión. Finaliza haciendo lugar a los sueños: “la conmemoración, guiada por las instituciones y las intenciones, que son las que planifican sus modalidades y manifestaciones, debiera también dejar el espacio para que la conmemoración se celebre a sí misma”.

José Nun propone entender el bicentenario como un festival (según Durkheim), como un momento de gran efervescencia y entusiasmo colectivo, que nos anime a cambiar, a revisar valores, a cuestionar certezas y nefastas rutinas de crisis. Como una guerra –política, social y económica– califica el autor a los acontecimientos de la Argentina de las últimas décadas. Destaca que la democracia representativa es una condición necesaria, pero no suficiente para el ejercicio de un “buen gobierno” y propone el desarrollo de un proyecto nacional en torno a los ejes de autonomía, unidad, diversidad cultural y solidaridad. Traza tres amplios caminos para construir el bicentenario: la realización de obras de infraestructura productiva, escuelas, teatros y otras; la fijación de metas para el 2010 de reindustrialización, reformas fiscales, políticas y judiciales; y la formación de una ciudadanía consciente de la “importancia de la construcción misma del bicentenario como un horizonte común que le dé un sentido unificador a las obras y metas que debemos emprender de inmediato”. Estas obras y estos logros constituirán el proyecto nacional, que será celebrado en el gran festival del bicentenario, junto a lo logros alcanzados y a la conmemoración de la Independencia.

Los siguientes artículos desarrollan temas y enfoques específicos acerca de la ciencia, la educación y los jóvenes, las migraciones, los derechos humanos y el derecho ambiental, la planificación y redes de infraestructura y la planificación, y la pobreza y desigualdad. Explican por qué y cómo deben ser incluidos en la agenda de la construcción del bicentenario.

Los dilemas y las paradojas del sistema científico argentino, son discutidos por Diego Golombek, al analizar su evolución desde el centenario “cuando de sus bondades había poco para mostrar”. El autor propone una analogía entre la ciencia y lo que queremos para la sociedad: que ejercite la capacidad para plantear preguntas, alternativas, emitir juicios y desarrollar las herramientas para probarlos. Su difusión también es crucial, ya que “como forma de entender al mundo la ciencia es un ejercicio que nos puede ayudar a ser mejores gentes, mejores ciudadanos, mejores estudiantes”. Pide confiar y apoyarse en la ciencia en lugar de invocar el lema de campaña política de apoyar a la ciencia. Observando la falta de información del público acerca del funcionamiento del sistema de ciencia y tecnología, propone que la ciencia del bicentenario se comunique con la gente de manera amplia y generosa. Concluye: “En términos evolutivos, doscientos años no son nada. Pero tampoco hay que quedar dormidos como buenos bebés bicentenarios: la ciencia es un arma cargada de futuro y no estaría nada mal comenzar a usarla”.

Edith Litwin analiza las prácticas y desafíos de los docentes que hoy forman las huellas del futuro, enmarcado por los cambios producidos en el conocimiento pedagógico, en las mentes de los estudiantes y en el impacto de las nuevas tecnologías comunicacionales en la enseñanza. Con reflexiones políticas, cognitivas, culturales y didácticas repiensa la educación para el bicentenario. Destaca la heterogeneidad de las propuestas educativas que transparentan un sistema profundamente desigual y la deuda educativa por saldar; la ampliación del universo de socialización de los jóvenes a través de los medios, la televisión e internet, y el contraste con el limitado espacio que ocupa la escuela y la responsabilidad que se le asigna. Señala que las prácticas de la enseñanza “requieren la ejecución de muy diversas actuaciones en tiempo real, en contextos impredecibles y de incertidumbre”, son temporarias y están configuradas por las condiciones locales: “la pedagogía nunca es inocente”

¿Y desde los jóvenes? ¿Qué papel les toca a los adolescentes y jóvenes argentinos a la hora de decidir prioridades y fijar estrategias de un proyecto consensuado, tanto en el nivel local, como regional o nacional? Más precisamente: ¿cómo ayudamos y los fortalecemos para que estén en condiciones de ejercer el derecho a participar en las decisiones, desde su propio lugar en la sociedad? Alberto Croce lanza estos desafíos, denunciando una extraña paradoja: “la Argentina ha tratado peor a aquello que fue lo mejor que ha tenido en estos doscientos años”. El autor propone y trabaja por la inclusión de los jóvenes en la educación, en la economía y en las organizaciones de la sociedad civil. Y hace lo que predica: consulta a un grupo de jóvenes que están trabajando con otros jóvenes en proyectos sociales en distintos lugares del país. Les pregunta sobre los desafíos que enfrenta el país, sobre sus sueños a futuro y sobre el bicentenario: su importancia para la sociedad y sobre el lugar que podrían ocupar los jóvenes en la construcción de las conmemoraciones, e incorpora en su capítulo estas propuestas de los jóvenes.

En una Argentina que se benefició con el aporte y el mestizaje de cuatro millones de inmigrantes entre 1850 y 1930, que continúa siendo el país latinoamericano con mayor proporción de inmigrantes, que sigue recibiendo población desde los países limítrofes, y que a la vez se ha convertido en un país emisor de población en las últimas décadas, emerge necesariamente una pregunta: ¿qué papel se espera que cumplan las migraciones en el bicentenario, dentro del marco de un proyecto nacional? Estos temas son tratados por Lelio Mármora comparando la situación actual con la de principios de siglo XX y proponiendo criterios para las políticas migratorias. Destaca que la inclusión de la población inmigrante latinoamericana y la de los pueblos indígenas marginados históricamente está pendiente, pero en marcha: “el narcisismo inmigratorio argentino se terminó”. Sintetiza: “Las futuras inmigraciones seguirán ocupando un lugar prioritario tanto en términos de aprovisionamiento de una mano de obra escasa, de ocupación de su extenso territorio, y de aportes culturales que la enriquezcan”. De ese modo, la diversidad de los orígenes continuará siendo un rasgo de construcción de la nación. Los derechos humanos, cuya defensa y vigencia es hoy es parte fundamental de la agenda social e institucional argentina, y su trascendencia para pensar el bicentenario son revisados por Leonardo Franco y Alejandro Kawabata. Tomando como punto de inflexión el golpe de Estado de 1976, muestran cómo el concepto de derechos humanos entró en la vivencia y el léxico cotidiano e institucional de toda la sociedad argentina por la irrupción del terrorismo de Estado. Historian doscientos años de vigencia parcial e intermitente en nuestro país de los derechos civiles, políticos, y luego los económico-sociales, hasta la reinstalación de la democracia en 1983 y el resurgimiento de la defensa de los derechos humanos. Destacan la intensa actividad ciudadana y estatal en la creación de organizaciones para su defensa y, entre otros, la ratificación de tratados internacionales. Apuntan a la deuda pendiente para el bicentenario: la reinstalación de los derechos económicos, sociales y culturales vulnerados por las políticas económicas implementadas entre 1976 y 2002, en tanto que sus productos –la pobreza y la desigualdad–, impiden el libre ejercicio de los derechos ciudadanos.

Más sobre derechos: Daniel Sabsay analiza el derecho ambiental y sus implicancias para la construcción de un modelo de desarrollo sustentable y participativo, que asegure el futuro al equilibrar las necesidades de las generaciones actuales y las venideras. Analiza el derecho a un ambiente sano –incorporado en la última reforma constitucional argentina de 1994– como un hito en la evolución del constitucionalismo y parte de una nueva y relevante generación de derechos que protegen intereses colectivos y difusos. Alerta contra el cumplimiento defectuoso de las normas establecidas. Subraya que la noción de desarrollo sostenible exige la adopción de mecanismos institucionales que perfeccionan la democracia representativa y la conducen hacia una democracia participativa. Observa que la experiencia en temas ambientales durante las últimas décadas evidencia una gran participación de la ciudadanía. Analiza los instrumentos de la Ley General del Ambiente y señala su ejercicio como una oportunidad excepcional para poner en marcha a nivel nacional un modelo participativo avanzado que nos asegure un futuro alentador.

La búsqueda de un desarrollo sustentable basado en el cuidado de los recursos ambientales, materiales y sociales, instalando un modelo productivo sustentable y recuperando los rasgos positivos de las formas culturales, es explorada desde otros enfoques por David Kullok. Luego de analizar una selección de aspectos del devenir histórico de nuestro país desde 1810, propone la construcción de un nuevo contrato social, con acuerdo sobre los derechos de todos los ciudadanos a tener satisfechas sus necesidades básicas materiales e inmateriales, superador del “estigma de la banalidad”. Revisa los acontecimientos de 1810, cuestionando “si efectivamente estamos ante un bicentenario”, la razón de ser de la pujanza que experimentaba el país en el primer centenario, y las opciones a futuro que la oportunidad del bicentenario puede abrir, destacando la necesidad de “adoptar y trabajar varias estrategias simultáneamente”.

Berardo Dujovne propone una serie de estrategias y políticas específicas para la construcción, renovación y ampliación de las redes de infraestructura, transporte, energía, servicios y comunicación. Considera a estas redes como factores clave para el diseño de estrategias de desarrollo integral e inclusivo encuadrado en una planificación de políticas de largo plazo. Señala que este “proyecto de país” es indispensable en tanto la actual agregación de expansión y crecimiento macroeconómico no asegura por sí mismo un desarrollo inclusivo. Desde una perspectiva sistémica, el autor destaca la necesidad de ampliar y consolidar la “sociedad del conocimiento”, así como la reconstrucción y consolidación de las “redes de actores que produzcan, difundan y utilicen las tecnologías, los conocimientos y las innovaciones”. Destacando la vinculación entre el sistema urbano y las regiones productivas, el autor propone estrategias para el desarrollo de la Región Metropolitana de Buenos Aires, dado que por su escala y complejidad es uno de los nodos paradigmáticos del sistema de ciudades y a la vez un territorio de extrema polarización y desigualdad.

El flagelo de la pobreza y la desigualdad descarnada emerge en la mayoría de los análisis de la situación argentina actual, es ineludible en toda reflexión sobre el sentido del bicentenario y atraviesa de una u otra manera casi todos los capítulos de este libro; este es el tema analizado por Adriana Clemente. La autora estudia la evolución de las políticas y las instituciones estatales de atención a la pobreza, desde el primer centenario a la fecha, como campo atravesado por contradicciones y desencuentros. Indaga sobre el impacto que tuvieron las políticas sociales en la construcción de ciudadanía y en los procesos de integración social. Señala el activo efecto integrador de algunas políticas sociales entre 1930 y 1970, en especial durante la presidencia del general Perón (1946-1955), y la fuerte involución de esa tendencia entre 1976 y la crisis de 2001, retroceso aumentado por la dictadura militar (1976-1983) que segregó, disciplinó, controló y estigmatizó a los pobres y su entorno habitacional. Propone una serie de cuestiones para integrar la agenda social del bicentenario contra la pobreza y la desigualdad y concluye sosteniendo que, en las condiciones actuales, la participación activa del Estado en la redistribución de la riqueza, “parece ser el único modo de no condenar a la mitad de la población a portar una ciudadanía de segunda categoría”.

El porvenir del bicentenario

La parte cuatro, y final, se anima a avanzar sobre un territorio desconocido y sin mapas: el futuro. No estaría completo este intento de pensar los sentidos y opciones de las conmemoraciones del bicentenario sin preguntarnos, bien de frente, qué queremos para el futuro, cuáles son nuestros sueños y nuestros temores, nuestras esperanzas y deseos. Porque las expectativas para el futuro son un componente crítico en nuestra vida individual, social y nacional. Porque sin futuro, no hay guía para el presente. Si el bicentenario como conmemoración marca un fin y un principio, necesitamos saber hacia dónde nos encaminamos en esta nueva etapa, qué queremos, para quiénes, con quiénes y cómo. Sabemos que los desacuerdos sobre el futuro son tan grandes como los desacuerdos sobre el presente. Pero también sabemos que no puede haber futuro si es sólo para unos pocos.

En realidad, esa presencia del futuro como horizonte de expectativas se transparenta en la mayor parte de los capítulos de este libro. Pero, a los cinco autores que integran esta parte, les preguntamos explícitamente sobre el futuro: sobre su historia, sus formas posibles, su papel en la conmemoración del bicentenario, sus valores, objetivos y finalmente sus posibles senderos.

Comenzamos, como no podía ser de otra manera, con algunos aspectos de la historia del pensamiento sobre el futuro en la Argentina, a través de una de sus más consumidas y vistosas manifestaciones literarias: la ciencia ficción. Pablo Capanna revisa la ciencia ficción argentina desde sus albores a mediados del siglo XIX hasta la actualidad, y destaca cómo las ideas y estados de ánimo de la ciencia ficción local, están relacionados con las circunstancias políticas y sociales del momento en que se producen. Analiza la idea de un futuro deslumbrante de progreso tecnológico contenido en la ciencia ficción en torno al centenario, y su perduración relativa hasta mitad de siglo XX cuando se tiñe de ironía. Destaca el quiebre marcado por H. G. Oesterheld quien politizó la ciencia ficción con El Eternauta (1957-1959), convirtiendo esa historieta en una parábola revolucionaria. Así, el futuro fue desgarro y más tarde desencanto. Durante la dictadura militar se convirtió en refugio para evadir la censura y en la burbuja de la década de 1990 fue pura decadencia y pesadilla amenazante de disolución nacional. Y concluye: “Quieran los argentinos enfrentar este nuevo centenario como un rito de pasaje, para comenzar a reconstruir la esperanza y delinear proyectos que nos incluyan a todos, asumiendo el pasado para superarlo”.

Un futuro en el cual una robusta asociación de ciudades grandes y pequeñas a través de una red nacional de “obras generadoras” articulan todo el territorio nacional con una red activa de intercambios mutuos, es presentado por el diseñador urbano norteamericano William Morrish. El autor, contagiado por la cultura local, nos embarca en la metáfora del tango que necesita dos para bailar y público para mirar. Convoca al diseño de proyectos y programas para crear lugares del bicentenario en las ciudades como polos de una red de “obras generadoras”, que funden los sistemas económicos y ambientales en un paisaje humano visible, desatan el flujo de creatividad, proveen información para incrementar la capacidad, pericia y curiosidad de las personas para comunicarse, y transforman los límites que separan en bordes creativos y productivos. Ejemplifica con Pico Truncado/Koluel Kaike, Curitiba, Phoenix y Barcelona, y aclara: “no se trata de una obra de servicios públicos escondida en el patio trasero, donde no se la ve. Tampoco es una autoridad benévola decorada. Es una infraestructura culturalmente catalítica: que produce energía económica y ambiental más allá de su función principal”.

Saskia Sassen analiza las grandes ciudades que hoy se enfrentan con los grandes poderes y agudas aceleraciones de la globalización y los impactos de la digitalización; ciudades donde la creciente importancia de los flujos oscurecen la materialidad del lugar; ciudades que son espacios donde se generan y se tornan legibles las contradicciones más agudas de nuestro tiempo, y que van cayendo en un profundo desasosiego. Explora la conmemoración del bicentenario como un conjunto de intervenciones de diseño y de arte activa orientadas a las experiencias de la vida diaria en la ciudad. Reflexiona sobre una versión amplia de la “economía política del diseño”, entendiendo a este trabajo de diseño como una estrategia de narración que nace del campo urbano cotidiano y es muy distinta al diseño que busca principalmente el lucro comercial. Sostiene: “este trabajo de diseño y la práctica artístico-cultural puede desestabilizar las dinámicas globales porque narra el desasosiego e inserta lo local y lo silenciado en el paisaje urbano, tornándolo legible, dándole presencia”. Y propone: “Si el desasosiego surge del hacer y de la participación, bien puede servir para excavar futuros posibles vislumbrados a través de las fracturas de dicho desasosiego”.

No es bueno equivocarse en la elección del horizonte de futuro por tener desactualizado el mapa. Michael Cohen revisa las definiciones de riqueza (de la nación) y geografía (organización del territorio / recursos naturales y humanos) que utilizamos desde el centenario. Propone nuevas definiciones de riqueza y geografía ajustadas a las transformaciones globales, regionales y nacionales, y capaces de abrir nuevas opciones y expectativas para el futuro. En lugar de seguir concentrando la atención sobre los productos agropecuarios que produce para los mercados mundiales, el autor sostiene que la Argentina debería autodefinirse en la economía global, para lo que propone: definir una serie de políticas públicas que reconozcan y apoyen la interdependencia económica y social entre las áreas urbanas y rurales en la economía; apoyar las inversiones para capacitar a la población poniendo mayor énfasis en la ciencia y la tecnología; y fortalecer el papel del Estado para que pueda legitimar e institucionalizar esta nueva geografía que rompe con las visiones dicotómicas. Concluye: “esto debería ser una parte activa del proceso del bicentenario, centrándose en las formas para desarrollar y aplicar el conocimiento que cruza fronteras dicotómicas y por lo tanto ayudando a construir un país fuerte e integrado, preparado para el siglo XXI”.

Si suponemos que tenemos hasta aquí una idea de lo que queremos para el futuro, ahora, ¿qué hacemos? Le pedimos a Oscar Tangelson que cierre este libro con un trabajo donde debate, integra y sintetiza los lineamientos y prioridades para la construcción de un plan compresivo de desarrollo y futuro de la nación: un “proyecto de país”. El autor plantea cuatro desafíos: recuperar el crecimiento económico; concretar y consolidar el proceso de integración del Mercosur y su expansión a la Unión Sudamericana; definir la inserción de la Argentina en el mundo para adecuarse a las transformaciones provocadas por la revolución tecnológica y productiva; y reconstruir la justicia social para que todos sus habitantes se beneficien de la riqueza que contribuyen a generar. Finaliza planteando las orientaciones de un proyecto productivo comprehensivo para la Argentina, entre otros: pasar del “granero a la góndola”, elaborar productos orgánicos de demanda creciente, despertar los Andes para la minería, usar el extenso litoral oceánico para la pesca, maximizar la disponibilidad de agua en un mundo con sed; desarrollar la potencialidad energética de la Patagonia, incrementar las economías regionales aprovechando su diversidad, fomentar la inteligencia y la creatividad como producto. En tanto la disputa hegemónica del siglo XXI es cerebro-inensiva, en esta sociedad del conocimiento “el proceso educativo vuelve a tener el carácter crítico de principios de siglo, para la inclusión y la movilidad social, el desarrollo científico y tecnológico, la producción y la competitividad”.

Hasta aquí nuestro aporte a una conversación colectiva sobre el sentido y las formas de la conmemoración del bicentenario. Estos son nuestros primeros comentarios, no intentan ser definitivos. Pero, como Raymond Williams sostiene sobre el futuro, pensar el bicentenario es el primer paso para construirlo. Estamos en marcha.

Margarita Gutman
Buenos Aires-Nueva York. Octubre de 2005

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Este programa es apoyado por la JULIEN J. STUDLEY FOUNDATION

 

 

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